Hace unos días estuve leyendo un libro llamado “Digital Diplomacy”, escrito por Wilson Dizard Jr. Y publicado con la cooperación del panel consultivo del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), en el cual se hace un llamado para que la conducta de la diplomacia sea reinventada para la era de la informática. Tomando en cuenta la revolución de la informática, una mas amplia participación del publico en las relaciones internacionales, y las revoluciones concurrentes en las finanzas y negociaciones globales, el panel recomienda cambios drásticos en el departamento de Estado y otras agencies de relaciones publicas.
Esta nueva realidad obliga al Diplomático con cara al futuro a desarrollar la imaginación, ser proactivo y con flexibilidad para enfrentar los nuevos retos. Bill Gates por su parte en su libro “El Camino hacia el Futuro”, nos apunta hacia los grandes cambios que están en marcha desde una perspectiva tecnológica que van a transformar la naturaleza de la existencia humana, mudando para siempre la manera de trabajar, estudiar, comprar y en fin, de relacionarse con el mundo desde todo punto de vista.
Si un mundo integrado tecnológicamente se dirige en esa dirección, un nuevo reto se le presenta a quienes tienen la tarea de mantener ese mundo en equilibrio. Es entonces indispensable cambiar la manera de hacer diplomacia, de utilizar efectivamente los recursos humanos disponibles, modernizar las estructuras de las Organizaciones Internacionales y de los Estados, de las Embajadas y de la mentalidad en general de los individuos que representan los intereses de los Estados.
El Diplomático que se requiere en esta nueva era también debe ser transformado, al igual que las estructuras y los conceptos que prevalecen en relación a como se debe actuar en el nuevo contexto mundial. Quien ejerce las relaciones internacionales ya no se puede conformar con una manera de actuar estática en donde su capacidad de respuesta dependía de la misma que tuvieran sus cancillerías. La demanda de estos días es de individuos precisamente con capacidad de respuesta y en condiciones de representar cabalmente la corriente de pensamiento del Estado al que pertenecen.
Ante esta realidad seguirán siendo de manera insustituible, las Embajadas y los Diplomáticos, el soporte fundamental que le da viabilidad, junto con la nueva tecnología, a los nuevos retos de la globalización y a la consolidación de relaciones armoniosas entre las naciones.
No importa qué difícil aparente ser la solución de un conflicto o la factibilidad de la negociación si se cuenta con la esencia mágica que transmiten los hombres y mujeres que formados en el oficio diplomático permiten dejar huellas de esperanzas hacia un mundo verdaderamente estable y más justo.
Que bueno es saber que pese a todos esos adelantos tecnológicos y todos aquellos instrumentos que los nuevos Diplomáticos pueden usar, hoy en día, siguen siendo la representación como tal ante el otro Estado, la protección de sus ciudadanos en ese otro país, la recopilación de información que pueda ser útil a los intereses del Estado al cual se representa y finalmente la negociación, las funciones imprescindibles de esos hombres y mujeres formados en el arte de hacer política exterior.
En los actuales momentos, se plantea como un reto, adaptar las Misiones en el exterior a una estructura organizativa mucho más dinámica, más efectiva, más apta para enfrentar las nuevas realidades del entorno internacional y mejor reformuladas para aprovechar los recursos humanos disponibles y las nuevas tecnologías a nuestro alcance, que como ya se mencionó, se convierten en las herramientas fundamentales de la Diplomacia Moderna.
En este sentido, existe un gran dilema, con relación a esa necesidad de adaptar estas organizaciones en general a los nuevos retos y a la nueva dinámica internacional.
Es conocido que la mayoría de las Misiones Diplomáticas, especialmente de los países menos desarrollados como nosotros, conviven con estructuras arcaicas que representan la diplomacia del pasado, dejando poco espacio para el aprovechamiento de los nuevos insumos disponibles que permitan con eficiencia y dinamismo hacer mucho más productivas las tareas fundamentales de cualquiera de sus agentes.
La representación internacional, sin duda, debe convivir con los retos de la organización moderna y mantener la esencia de la gestión de la diplomacia tradicional, es decir, debe seguir siendo el hombre, el individuo escogido para representar un Estado, recaudar información relevante, aprovechar los avances de las comunicaciones y los recursos de la tecnología a los que nos hemos referido, comercializar de acuerdo a los intereses del Estado y negociar para tales fines.
Las exigencias del pasado no han variado, pero sí la motivación. Hoy por hoy se requiere de Diplomáticos mejor formados con alta capacidad gerencial, con conocimientos del comercio internacional, detectores de oportunidades de negocios, con instrumentos idóneos para ser eficientes y profundos en el análisis político-económico y por supuesto, conocedores de los avances tecnológicos y de la información a fin de representar y aprovechar al máximo las oportunidades de un mundo competitivo y globalizado. La tarea de protección de los intereses de un Estado precisa de un alto sentido patriótico, pero también de profesionalismo, experiencia y audacia en la innovación y creatividad.

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