Mientras los líderes mundiales, durante una reunión sostenida el pasado mes, en Naciones Unidas, prometieron nuevamente ayudar a África; existen una gran cantidad de poblaciones convirtiéndose en pobres en otra parte del mundo, la cual atrae poca atención: América latina. Hay una razón para ese descuido: todos los países de Latinoamérica a pesar de las crisis aun caen dentro de la clasificación oficial de “renta media” (excluyendo a Haití y Nicaragua que están por debajo) y todos (excepto Cuba) son democracias.

Por otro lado américa latina la cual es una simple mancha en la conciencia del mundo, tiene otro problema: Una distribución garrafalmente desigual de las entradas y de la abundancia. Un enorme y desproporcionado numero de latinoamericanos es pobre – algunos 222 millones ó 43% de la población total, de quien los 96 millones (o 18.6% del total) viven en pobreza extrema ó indigencia, según informaciones arrojadas por estudios hechos por las Naciones Unidas. Detrás de esos números no solo ronda el sufrimiento injusto del ser humano sino también una injusticia que crea una hostilidad hacia la democracia -- provocando que muchos cuestionen su valor.
Afortunadamente, hay algunas razones para pensar que esos números podrían mejorar -- y no por el hecho de que muchas economías latinoamericanas estén retornando de nuevo a un fuerte crecimiento, después de varios años de estancamiento o peor en algunos casos. Los gobiernos democráticos de la región han comenzado a hacer grandes e innovadores esfuerzos para abordar a la pobreza. Los que están teniendo éxito se centran en programas que ofrecen a familias pobres pagos en efectivo con la condición, por ejemplo, de que mantengan a sus niños en la escuela y los lleven a exámenes regulares de salud. En México, son 5 millones de familias las que actualmente reciben tales pagos, y alrededor de 7.5 millones en Brasil. Otros países, tales como Colombia y Nicaragua, han instalado esquemas similares. También, inclusive, están atrayendo el interés de imitadores más allá de Latinoamérica.
Con buena razón: Si son llevados a cabo de manera correcta, estos esquemas de transferencia condicional de gasto social, o como le llamen, tienen varias ventajas sobre la manera tradicional del gasto social. A diferencia de las pensiones públicas o el seguro social y los subsidios indistintos, estos planes enfocan a los pobres. La idea es ayudarle y romper el ciclo de la pobreza dando a sus hijos una mejor oportunidad de escaparla. El dinero se paga normalmente a las mujeres (quiénes lo gastan mejor que los hombres). Los pagos -- el equivalente de $50-70 dólares por mes -- son lo suficiente altos para hacer una gran diferencia pero lo suficientemente bajos para no debilitar el incentivo para trabajar. Y el costo fiscal es bastante modesto.
La idea parece funcionar bien. En México, el margen de la pobreza bajó entre el año 2000 y el 2002 inclusive durante una recesión en la cual los ingresos per-capita reales disminuyeron por aproximadamente un 3%. Los estudios sugieren que los niños de las familias beneficiarias son menos expuestos a la desnutrición por bajo nivel de alimentación y menos propensos a abandonar las escuelas.
Aunque los nuevos programas no son una panacea si requieren de un Estado eficaz ya que en todos los casos, la buena selección y el monitoreo es necesario. Pero tampoco debe su impacto querer ser demasiado exagerado ya que las experiencias han demostrado que en realidad la mejor manera de levantar a millones de la pobreza sigue siendo mediante un desarrollo económico rápido.
Pero hay otro mérito para estos nuevos programas. En Latinoamérica, donde las ventajas sociales se han dado tradicionalmente como pago a la lealtad política, a través de estos programas se ha logrado que las transferencias de efectivo -- en teoría y generalmente en la práctica -- se hagan según necesidad. En México y en Brasil, han continuado, inclusive, bajo gobiernos de diferentes corrientes políticas. Sobretodo, demostrando que las democracias están respondiendo a las necesidades de sus ciudadanos más pobres. Y esto, al mismo tiempo, da a más latinoamericanos un lugar dentro de sus respectivas democracias.

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