La estructura de los servidores públicos, incluyendo los Servicios Diplomáticos se encuentra en proceso de revisión en la mayoría de los países del mundo. Muchos Gobiernos están convencidos de la necesidad de realizar cambios. Para ello se han embarcado en programas de reformas para lograr un sistema que aproveche las fortalezas del recurso disponible y transforme las debilidades de los esquemas tradicionales.

En el caso de la República Dominicana desde hace algunos años y sin éxito se ha pretendido reestructurar la Cancillería para las exigencias actuales como el instrumento cónsono para el aprovechamiento del recuso humano, que amerita la diplomacia en un mundo globalizado.
Intento de esto ha sido la Escuela Diplomática y Consular, órgano académico de la Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores, encargado de formar, actualizar y especializar el personal destinado al Servicio Exterior de la República, la cual tuvo origen por disposición del Poder Ejecutivo, en Febrero de 1934, que instruía impartir un curso sobre Teoría y Práctica del Derecho Consular. Pero por razones de orden administrativo la Escuela se vio en la necesidad de suspender sus actividades en Mayo de 1946. No es hasta el año 1986, que se ofrece un Curso de Adiestramiento y Capacitación Diplomática para funcionarios de la cancillería y aspirantes a nuestro servicio exterior, a los cuales se le hizo entrega de un certificado de participación. Se hicieron esfuerzos encaminados a conseguir su reapertura, pero no fue hasta el año 1999 cuando formalmente el poder ejecutivo autoriza el funcionamiento de la misma.
Lo interesante es que por disposición de la Ley Orgánica de la Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores, No. 314 de fecha 6 de julio de 1964, vigente, la Escuela Diplomática y Consular figura como integrante del organigrama de la Secretaría, que especifica su composición: Cancillería , Servicio Exterior, Escuela Diplomática y la Comisión Consultiva.
Lo mas penoso es que aun hoy no se le tome en cuenta a este órgano como parte importante de darle continuidad y renovación a nuestras Relaciones Exteriores porque debemos entender que la tradicional manera de hacer Diplomacia pareciera quedar desarticulada, si no se complementa con modernos estilos gerenciales. Entendemos que los cambios requeridos y las innovaciones necesarias producen resistencia, las grandes transformaciones necesitan de mucha visión de futuro. Siempre hay quienes creen que es mejor dejar las cosas como están y se conforman con pocos buenos resultados.
Las transformaciones mundiales obligan a las Cancillerías a retar el futuro, reformar muchos conceptos y desarrollar nuevas estrategias. La Diplomacia de hoy cuenta con nuevos escenarios, con recursos humanos mucho más preparados, actualizados y calificados en relación a épocas anteriores.
A esta realidad se suma la limitación de recursos económicos que obligan también a una redefinición de prioridades. Hay que superar la visión según la cual es más importante una alfombra persa decorativa para una residencia oficial, que la adquisición de una computadora para la misión diplomática. En tiempos de grandes limitaciones y pocos recursos, lo primero, es decir que los instrumentos para producir beneficios tangibles generan a la larga más beneficios.
Priorizar significa que nuestros esfuerzos deben concentrarse en las principales misiones diplomáticas. Por otra parte el Estado dominicano, desde hace muchos años y con diversos matices, al contar con un instrumento jurídico desfasado insiste en menospreciar sus cuadros diplomáticos institucionales. La Diplomacia es definitivamente un oficio y el éxito en la misma depende en gran medida de una formación continua. Enfrentar los retos de la diplomacia dominicana está entonces íntimamente vinculado con la reestructuración tanto de la Cancillería como de las embajadas, y por supuesto en el aprovechamiento del recurso humano disponible. Sin duda existe espacio para discutir qué está bien o qué esta mal, qué funciona y qué no, así cómo mejorar los cimientos que ya existen.

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