Hoy, la amenaza que representa la estrategia del terrorismo se ha incrementado, a partir de un factor crucial: la tecnología. El avance tecnológico generaliza el empleo de explosivos, con los cuales el terrorista puede exponer su vida en un grado menor que antaño, cuando debía emplear armas blancas o de fuego portátiles para cometer un asesinato; los mencionados nuevos explosivos son más letales que sus predecesores, incrementando la capacidad de daño del terrorista; el salto en el campo de las comunicaciones ofrece a estas organizaciones una mejor operatividad. Finalmente, los nuevos medios de transporte permiten trasladar células terroristas a grandes distancias.

Específicamente el último factor mencionado, relativo a los medios de transporte, ha contribuido a la globalización del terrorismo. Muchos estudiosos del tema han coincidido en considerar que el primer hito de esta globalización tuvo lugar el 5 de septiembre de 1972, con el atentado de la célula Palestina Septiembre Negro contra los atletas israelíes en Munich. Krishna, por su parte, resalta que el Ejército Rojo Japonés (JRA) con base en Extremo Oriente, perpetró sendas acciones terroristas en Israel (asesinato de 26 personas en el aeropuerto de Lod) y Holanda (secuestro de un avión que despegaba del aeropuerto Schipol), en 1972 y 1973.

Indudablemente las acciones terroristas contra la embajada de Israel en Buenos Aires en 1992, contra las Torres Gemelas de Nueva York (primer atentado) en 1993 y contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) de Buenos Aires en 1994, son otros eventos distintivos en esta tendencia a la globalización terrorista. Huelga aclarar que el último evento de esta zaga tuvo lugar en EE.UU. el 11 de septiembre de 2001.

Sin embargo, este terrorismo moderno y complejo no se ha traducido en forma directamente proporcional en su "encarecimiento". Por el contrario, su costo sigue siendo sorprendentemente bajo, tanto en términos absolutos como relativos, en comparación con otras opciones. En términos absolutos, solo basta decir que la bomba con la cual se atentó en 1993 contra las Torres Gemelas tuvo un costo de fabricación de US$ 400, generando pérdidas y daños estimados en US$ 550 millones.

Sorprendentemente, todo lo hasta aquí expuesto no forma un diagnóstico sobre el peligro del terrorismo en nuestros días y, sobre todo, de los tiempos por venir. No puede dejarse a un lado, lo que se ha denominado como la “privatización” del terrorismo internacional, concepto a través del cual nos referimos a organizaciones terroristas que han logrado alcance global sin "patrocinio" de ningún Estado, fijando así su propia agenda sin terceras influencias.

En la década de los 90, algunas pruebas de la privatización del terrorismo internacional comenzaron a registrarse con el grupo palestino Fatah-Consejo Revolucionario (Fatah CR), separado en 1974 del seno de la organización Al Fatah de Abou Ammar (Yasser Arafat) por desinteligencias mutuas, entre las cuales se incluiría el accionar crecientemente independiente del primero. El nuevo grupo sería mundialmente conocido como Abu Nidal (etimológicamente "padre de la lucha"), sobrenombre de su líder Sabri Al Banna (Sabri Khalil `Abd Al Qadir Al Banna).

Sea cual fuera su antecedente inmediato, el fenómeno de la privatización del terrorismo se manifestó con todo su poder el 11 de septiembre de 2001, protagonizado por el Saudita Usamah bin Muhammad bin Laden (Osama bin Laden). Este personaje es el líder de una vasta red terrorista global, integrada por su propio grupo Al-Qaeda, los grupos egipcios Al Jihad y Gamaa Islámica, la Sociedad de Estudiantes Religiosos de Pakistán (Jamiat-ul-Ulema-e-Pakistan) y el grupo Jihad de Bangladesh. Nadie descarta que haya otras organizaciones sumadas a esta suerte de alianza, e inclusive algunas apreciaciones incluyen (pese a su naturaleza chiíta) a los libaneses de Hezbollah.

Los informes elaborados por centros de estudio y publicaciones especializadas en todo el mundo sugieren que Osama bin Laden controlaría a nivel global a no menos de tres mil combatientes, y que contaría con presencia estable (incluyendo centros de entrenamiento, puntos de hospedaje y lugares de combate) en Argelia, Gran Bretaña, Egipto, Túnez, Mauritania, Uzbekistán, Azerbaidján, Yemen, Arabia Saudita, Afganistán, Bosnia Herzegovina, Sudán, Uganda, Malasia, Tanzania, Albania, Filipinas, Kenia, Bangla Desh, Chechenia, Eritrea, Kosovo, Pakistán, Somalia, Tadjikistán, Canadá y EE.UU.

Respecto al último país mencionado (EE.UU.), durante las audiencias públicas del juicio iniciado en Nueva York a principios del año 2001, en relación con los atentados a las embajadas de Kenia y Tanzania, algunos acusados declararon que en el territorio de ese país, Osama bin Laden tendría montada una importante infraestructura terrorista. Aunque esta revelación no era novedosa: ya en 1997 algunos analistas aseguraban que Al-Qaeda contaba con la infraestructura necesaria para producir en suelo estadounidense una gran cantidad de atentados como los sufridos por las Torres Gemelas cuatro años antes.

La organización de Osama bin Laden también es un buen ejemplo de la creciente complejidad del fenómeno terrorista contemporáneo. Sus miembros, lejos de responder al prototipo de una organización terrorista de combatientes estándar, incluyen ingenieros, especialistas en computación, expertos en comunicaciones y (como pudo comprobarse) pilotos. Y en cuanto a sus células, éstas han evolucionado hasta alcanzar destrezas y habilidades tales, en el campo de las actividades subrepticias a escala global, que se ha llegado a comparar a Al-Qaeda con una virtual fuerza de operaciones especiales.

Por todo lo expuesto, aunque numéricamente las acciones de esa organización han sido pocas, todas ellas han sido altamente letales y estuvieron espaciadas temporalmente por lapsos nunca menores a un año: mediados de 1996, camión-bomba contra las instalaciones de la ciudad de Darhan donde se alojaban tropas estadounidenses destacadas en Arabia Saudita (19 muertos); agosto de 1998, coches bomba contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania (224 muertos); octubre del 2000, "lancha bomba" contra el destructor USS Cole, amarrado en el puerto yemenita de Adén (17 muertos); septiembre de 2001, atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington (unos 5000 muertos).

Finalmente podemos entender que el terrorismo, como manifestación de rebelión, no es un fenómeno nuevo, pero una conjunción de factores entre la cual citamos la extremidad de sus ataques cada vez superada con el acto mas reciente lo han llevado a transformarse en una de las más importantes amenazas transnacionales desde la Guerra Fría.

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