Los embajadores dominicanos son los representantes de nuestro gobierno, nuestra gente y nuestros valores alrededor del mundo. Deben conducir nuestras misiones en el exterior, y manejar los programas y los recursos de las mismas. Son los comandantes diplomáticos en las primeras filas que defienden nuestra imagen nacional. Por estas razones, la República Dominicana debe enviar únicamente a sus mejores y más cualificados al servicio exterior. ¿Qué calidades son necesarias? Puedo sugerir algunas:

Integridad absoluta y una reputación pública clara, gran discreción personal y fuerte autodisciplina, además de una comprensión sólida de los intereses estratégicos de su país.
Habilidades bien afiladas en la comunicación intercultural, para explicar los valores y las opiniones de nuestro país a las sociedades y autoridades extranjeras y, por igual, el intelecto y la percepción necesarios para interpretar y divulgar exactamente lo qué está sucediendo en el exterior y hacer recomendaciones acertadas.
El conocimiento, la sabiduría, la experiencia y la comisión necesaria para manejar personalmente las cuestiones claves y las agencias implicadas en la misión para la cual le han seleccionado, más el conocimiento de la lengua, de la historia y del fondo del país o de la organización internacional donde lo fijarán.
La fortaleza de carácter y las habilidades necesarias para dirigir y coordinar las actividades de las diversas agencias locales (CEI-RD, Turismo, etc.) y de sus respectivos propósitos en el extranjero.
La autoridad primaria para escoger a los embajadores recae sobre el presidente, y la República Dominicana tiene una larga tradición de nombramientos políticos en el servicio diplomático.
No creo que esto es del todo inapropiado, y entiendo que sea normal que haya una cuota de nombramientos políticos en el campo diplomático. Sin embargo, el valor de esta tradición, tan utilizada en el servicio público, se mina cuando eligen a individuos por el valor de sus contribuciones en las campañas políticas, o por su amistad personal con el presidente o el partido en gobierno. Individuos éstos sin la preparación necesaria para desempeñar óptimamente los encargos de la nación.
Sí, es una realidad que, por lo general, todo jefe de misión, ya sea de carrera o nombrado políticamente, pertenece a la élite económica, política, social o intelectual del país, lo que se traduce en que son personas con un cierto tipo de influencia en el ámbito local.
Pero todo esto cambia cuando dicha persona llega a residir en un país extranjero donde nadie le conoce y, peor aún, donde quizás la República Dominicana no está dentro de la agenda de prioridades del Estado receptor; es ahí donde una buena formación diplomática juega un papel importante para que el nuevo jefe de misión pueda desarrollar las relaciones necesarias para que su misión pueda ser exitosa.
Al escoger personal para el servicio exterior, se debe tomar ventaja completa de la maestría profesional en el servicio extranjero dominicano que se ha desarrollado en un cierto plazo a expensas del contribuyente dominicano. Más importante aún, las posiciones como jefe de misión deben estar reservadas normalmente para los miembros de la carrera diplomática, asegurando de esta manera que los mayores niveles sean mantenidos en la selección de representantes dominicanos en el exterior.
Todo esto tiene especial sentido para un país como la República Dominicana, ya que es un país que puede ser grandemente beneficiado de una buena representación en el exterior. El otro día escuché al Sr. director del CEI-RD decir que el hecho de que seamos chiquitos no significa que seamos enanos, ya que los enanos no crecen, mientras que los chiquitos sí.
Nuestras misiones en el exterior son uno de los engranajes más grandes para permitir el crecimiento de nuestra nación.
Vuelvo y repito, entiendo que los nombramientos políticos son necesarios dentro de una infraestructura partidista para cumplir con una cuota de gratitud, pero no por eso debemos empeñar nuestra imagen en el exterior.

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