Su habilidad de practicar la diplomacia es uno de los elementos que definen a un Estado, y la diplomacia ha sido practicada desde la formación de las primeras ciudades-estados. Originalmente los diplomáticos eran enviados únicamente para negociaciones específicas, y regresaban tan pronto su misión concluyera. Los diplomáticos generalmente eran parientes de la familia predominante o de muy alto rango, para darles legitimidad al negociar con el otro Estado.

Los orígenes de la diplomacia moderna se remontan a menudo a los Estados del norte de Italia a principios del Renacimiento, donde se establecieron las primeras embajadas en el siglo XIII. Milano jugó un papel predominante, especialmente durante el mandato de Francesco Sforza el cual estableció embajadas permanentes en las otras ciudades-estado del norte de Italia. De igual manera fue en Italia que muchas de las tradiciones de la diplomacia moderna se iniciaron, por ejemplo la presentación de las cartas credenciales de un embajador al Jefe de Estado.
La práctica se esparció desde Italia a las otras potencias europeas. Milano fue la primera en enviar un representante a la corte de Francia en 1455, pero sin embargo rechazó recibir a representantes franceses temiéndole al espionaje y la posible intervención en asuntos internos. Como las potencias extranjeros tales como Francia y España llegaron a estar cada vez más implicadas en política italiana la necesidad de aceptar a emisarios tuvo que ser reconocida. Pronto todas las principales potencias europeas intercambiaban representantes.
España fue la primera en enviar un representante permanente cuando designó a un embajador a la corte de Inglaterra en 1487. Luego para el siglo XVI, las misiones permanentes se convirtieron en el estándar. Muchas de las convenciones de la diplomacia moderna se celebraron durante este período. El rango más alto entre los representantes era el de embajador. Un embajador en este tiempo era casi siempre de la nobleza y el rango de nobleza variaba según el prestigio del país en que lo fijaban. Estándares que definían a un embajador emergieron, requiriendo que estos tuvieran grandes residencias, celebraran grandes y elegantes fiestas, y desempeñaran un papel importante en la vida de la nación receptora.
En Roma, el puesto más importante para los embajadores católicos, los representantes franceses y españoles mantuvieron a veces misiones de hasta cien personas. Incluso en puestos más pequeños, los embajadores podrían ser muy costosos. Los Estados más pequeños enviaban y recibían a “Enviados” que eran un nivel debajo de un embajador. Los códigos complejos de la precedencia alinearon a los embajadores de cada estado los cuales se habían disputado mucho. Para las naciones católicas el emisario del Vaticano era supremo, y es quien se denomina el decano del cuerpo de embajadores.
Los embajadores en aquella época eran nobles con poca experiencia extranjera o diplomática y necesitaban de un enorme personal de embajada como apoyo. Estos profesionales se enviaban a asignaciones más largas y estaban mejor informados sobre el país anfitrión. El personal de la embajada consistió en una amplia gama de empleados, incluyendo alguno dedicado al espionaje. La necesidad de individuos expertos para proveer de personal a las embajadas fue resuelta con graduados de universidades, y ésta condujo a un aumento en el estudio del derecho internacional, de idiomas, y de historia en las universidades a través de Europa.
Al mismo tiempo, cancillerías fueron instaladas en casi todos los Estados europeos para coordinar a las embajadas y sus personales. Aunque estos ministerios todavía estaban lejos de su forma moderna. Francia, que poseía el ministerio de relaciones exteriores más grande, tenía solamente 70 empleados a tiempo completo en el 1780.
El sistema entero fue interrumpido grandemente por la revolución francesa y los años subsecuentes de la guerra. La revolución vería a comunes asumir el control la diplomacia del estado francés, y de ésos conquistados por los ejércitos revolucionarios. Las precedencias fueron suprimidas. Napoleón también rechazó reconocer la inmunidad diplomática, encarcelando a varios diplomáticos británicos acusados de conspirar en contra de Francia.
Después de que la caída de Napoleón, el congreso de Viena de 1815 establecería un sistema internacional de rangos diplomáticos. Pero los conflictos en torno a la precedencia entre naciones persistieron por más de un siglo hasta pasada la Segunda Guerra Mundial, cuando el rango de embajador se terminó de convertir en norma.

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